Retrospectiva

Retrospectiva es la sombra proyectada por el sol poniente metamorfoseada en recuerdo, efímera silueta del presente y ventura de mortales inconscientes.

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18 julio 2006

Cuando ligar era un arte

por Rafael Ángel Fernández Fernández.
En programa de fiestas de Ntra. Sra. de la Barca y S. Roque,
Navia-Asturias, 1996
Cual despertador que suena estridentemente en mitad de una pesadilla, así comienzan los años cuarenta marcados por el vehemente deseo de perpetuar el olvido, en constante lucha con el recuerdo, protagonizado por innumerables ausencias.
Son años de anormal normalidad que transcurren silenciosos, callados, temerosos… años de asepsia estomacal, de ropaje sobrio, de divina frialdad mental… años en que el amor sólo puede ser místico o ascético… años en definitiva de Iglesia y Estado.
Y entre estos dos monstruos, como flores en primavera, se van abriendo blancas sonrisas, corazones agitados laten tímidamente bajo la piel, tiernas miradas corretean en el aire acompañadas de nerviosos pasos que regresan a sus casas antes de finalizar la hora nona.
Por fin el mes más esperado, el del emperador Augusto, hace su entrada triunfal y con él, la novena de la “BARCA”, tal vez la de mayor fervor mariano entre los adolescentes naviegos, ya que durante este periodo se flexibilizaban discretamente los horarios de recogida, configurándose poco a poco los prolegómenos para la gran fiesta de Afrodita. Al repique de campanas, se ponen en orden los últimos cabellos; los chicos, que han perdido la batalla de los pantalones largos con sus madres, aflojan los cinturones en un baldío intento de alargar lo inalargable; las chicas coaccionan las costuras de sus rebeldes vestidos metamorfoseados año tras año.
Ya en el campo de la Iglesia, se van formando grupos mayoritariamente masculinos, en animadas conversaciones banales, que contemplan pudorosamente la sensual pasarela de féminas semiocultas bajo negros velos de preceptiva usanza. Estas a su vez, en un alarde de suma coquetería, colocan los tules una y otra vez, mientras pasan revista a la tropa.
Durante la liturgia se forjan las estrategias de ataques con tan esperada galantería que casi siempre resultan frustradas. Las últimas palabras del cura, en un ininteligible latín, son la contraseña que inicia la contienda con espontáneas aproximaciones a la presa que provocan una feroz intensificación del ritmo cardíaco, apareciendo paulatinamente el resto de los síntomas propios del combatiente: pertinaces sonrojos, miradas fugaces, ataques de risa e incluso sintomáticos cuadros de tartamudez.
El tiempo era elemento primordial en estos casos, puesto que se disponía de dos o tres “vueltas” para abordar al amado/a. Por vuelta se entendía en el argot de la villa, el especio que separaba el Charlestón (solar sobre el que se construyó el edifico que lleva su nombre) de la Caja de Ahorros, y por extensión, el tiempo necesario para recorrerlo.
Los abordajes fallidos se repetían abnegadamente durante el novenario, pues era recomendable estar emparejado en las vísperas. Si a pesar de todo no se conseguían los objetivos, se planeaban nuevas estratagemas para ponerlas en práctica el
día grande, al son de las trompetas, en un duro cuerpo a cuerpo.
Trompetas, clarines, arpas, guitarras y un sinfín de instrumentos de viento, cuerda y percusión, conformaban las multitudinarias orquestas, generalmente gallegas, instaladas en el Parque de Campoamor, a la sazón lugar privilegiado. En los “Jardinillos”, las más modestas, unas veces locales como la Orquesta Fantasio de Navia y las de Puerto de Vega: Bahía, Tropical, Veracruz, etc..., y otras de municipios cercanos, dependiendo del presupuesto festivo.
La jornada transcurría en un continuo trasiego humano del parque a los “jardinillos” y de los “jardinillos” al parque.
Los muchachos, siempre por parejas, repartían previamente el botín y con semblante aparentemente sereno, se preparan para pasar el exhaustivo examen efectuado por las requeridas damas. Si la prueba era superada, se disponía de los minutos que dura la pieza para convencer a la chica de la bonanza que suponía para ambos continuar bailando En caso de respuesta afirmativa, el macho debía complacer a la hembra y viceversa contestando con cortesía a un largísimo interrogatorio, mientras danzaban a prudencial distancia.
Aprovechando uno de los múltiples cambios de orquesta, ella lo presentaba en sociedad dando una, dos, tres… o las “vueltas” que fueran necesarias y siempre atentos a las reacciones de sus progenitores apostados en sendas atalayas.
Superada esta fase, comenzaba el cortejo propiamente dicho, con un obligado tira y afloja, que terminaba en despedida, buscando las escasas sombras de los iluminados pretales vestidos d fiesta.
Así pasaban a la historia, las batallas acaecidas durante las “BARCAS”, sazonadas con un poco de fantasía e imaginación, que son la delicia de quien las cuenta, confiando con toda humildad que lo sean también de quien las lee.