Retrospectiva

Retrospectiva es la sombra proyectada por el sol poniente metamorfoseada en recuerdo, efímera silueta del presente y ventura de mortales inconscientes.

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08 julio 2006

Recuerdos de mi tierra



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Rafael Ángel Fernández Fernández

Nació en Navia (Asturias) el 01-09-1954.

Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo y actualmente estudia Ciencias Políticas en Madrid.

Su tierra natal es la savia que recorre toda su obra pictórica y escultórica, así como el hilo conductor de la reseña histórica "Recurdos de mi Tierra", con la que obtuvo el segundo premio en el I CERTAMEN LITERARIO "VILLA DE NAVIA".

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Corrían los años de mi tierna infancia, en la que todo se observa y se aprehende todo, para cimentar futuras añoranzas en el más noble estilo manriqueño.

No es fortuito, por tanto, que el cosquilleo del bronce en mis oídos estuviese acompañado, en gregaria asunción de imágenes difusas, por la silueta entrañable y longeva, a la vez que diminuta , del sacristán por antonomasia, cuyo nombre Benito, es un matiz sin importancia conformador de su digna personalidad, ocasionalmente confundido con el clero más ortodoxo, pero diligente y dispuesto siempre a rendir un último homenaje, a toda fémina recién muerta, campanada tras campanada, hasta completar las doce preceptivas, cual parsimoniosos tañidos que, de año en año, señalan el ritmo adecuado para la ingesta de uvas. Sin embargo a los viriles óbitos, les estaba reservado el fatídico número trece, ante el cual, cualquier naviego de bien, no podía resistir la tentación de exclamar compungido…!qué mala suerte ha tenido¡.

Las calles vestidas de luto, derramaban lágrimas, dolor y llanto; rotas aceras se enjugaban silenciosas mientras, con sufrimiento inhumano, dejaban resbalar pesadas gotas de perlas, acumulándose en el hundido rostro alquitranado, donde los chavales, ajenos al evento, bendecían sus pies descalzos para huir en penitente peregrinación, después de contemplar estupefactos la nerviosa vara de Chele, soportando sin dificultad su quijotesca figura, que en gallardo combate, adiestraba infatigablemente hordas juveniles e infantiles de naviegos ociosos, reunidos cada día en el vanguardista complejo ludótico, sito por aquel entonces, sobre el incomparable marco, orgullo de cuantos los disfrutaban, “Parque de Campoamor”, más que parque, paraíso de sombras multiformes proyectadas por ancestros plátanos, sobre jardines policromados llenos de pensamientos, e intercalados de artesanos peces esculpidos en madera, agotados por la pesada carga que transportaban en su ir y venir incansable hacia ninguna parte; lanchas y lanchitas de todos los colores surcaban los vientos, abarrotadas de niños; toboganes como atalayas, otros más chicos, aquellos de tubo y a dos niveles, cuyo descenso suponía la hazaña de mayor riesgo, estos a cielo abierto para mejor contemplar las maravillas del paisaje; tablas dobles y sencillas con madres en sus extremos efectuando interminables flexiones frente a sus hijas ataviadas de almidonados volantes; artefactos a modo de paraguas del que pendían sonoras cadenas terminadas en potentes asideros… conformaban los genéricamente denominados “columpios”, donde ocupaba un lugar preeminente el urinario más famoso. Con forma de laberinto, en cuya verde fachada, sobre un niño ocupado en sus menesteres, rezaba: “aquí pis”.

El viejo poeta, inmóvil en su pedestal, escuchaba con fría atención las tertulias matutinas de ilustres personajes sentados a sus pies durante largas horas en sabio parlamento, siendo quizá el cronista oficial de Navia, Jesús Martínez, el más representativo. En cambio, los de espíritu más inquieto como Sela, sumergidos en transcendentales meditaciones, hacían camino al andar, parafraseando a Machado, embozados en sus capas.

Antecesor suyo y paladín de la lengua y cultura naviega, fue Pepe de Muestras, del que se dice abrió un polémico debate sobre la utilización del gentilicio “naviego” o “naviense” para referirse a los habitantes de Navia, relegándose el segundo término, al pronunciarse la Academia a favor del primero. Escritor de fina pluma y colaborador habitual de los periódicos locales, con especial mención al “Río Navia”, que allá por los albores de nuestro siglo se publicaba los días diez, veinte y último de cada mes, cantando las grandezas y miserias del municipio, y donde se publicitaban los más significativos avances entre los que sobresale:
“EL PROGRESO ASTURIANO”
“Automóviles desde Vega de Ribadeo hasta San Esteban de Pravia y viceversa” –duración del viaje en torno a las seis horas-.
Proeza que alcanza su cenit al afirmar:
¡en veintiséis horas se puede ir desde la Vega a Madrid”.

Más tiempo tardó sin duda la villa de Campoamor en salir del aislamiento ferroviario, pero al igual que “Bienvenido Mr. Marsall”, llegó el día en que la autoridades municipales lo habían dispuesto todo para recibir al Generalísimo en su triunfal inauguración del último tramo del ferrocarril Ferrol-Gijón. Gentes de la comarca entera se concentraron desde primeras horas de la mañana, con sus mejores galas, en el recinto de la Estación. Señoras de oro relucientes, con altivos moños sobre sus cabezas, caras empolvadas y labios de carmín, colocaban a sus hijas, vestidas de domingo con charol y tirabuzones, en lugares preferentes para dejar constancia de su entusiasmada presencia. Detrás, los señores de oscuro, unos con boina o sombreo, otros descubiertos en rigidez exagerada y rostros circunspecto. Las más altas jerarquías tanto civiles como eclesiásticas o militares, permanecían inmóviles en el lugar reservado al efecto. Banderitas españolas ondeaban alegres al viento, el empedrado brillante, pálidos los edificios; ni una nube en el cielo, como si la divina providencia no quisiera oscurecer día tan señalado. Las miradas pendientes de los relojes certificaban la tardanza del cortejo faraónico… síntomas de cansancio reflejaban los tensos semblantes… por fin, a lo lejos, suena el agotador quejido del tren con sus viejas carnes remozadas. Primer vagón… segundo… tercero…, las ciudadanía brazo en alto saludaba y saludaba, sin saber muy bien a quién. Al final, en el último convoy, aparecía y desaparecía el diminuto saludo petrificado del Excelentísimo, rodeado de su pomposo séquito.
¡Cuántos esfuerzos baldíos!...Decepción, ira, frustración, se percibía en los semblantes resignados de regreso a sus casas. Los sentimientos de revalidad vecinal con el municipio limítrofe de Valdés, despertaban de su sopor, al suponer en buena lógica, que allí sería recibido con todos los honores el anfitrión que momentos antes les había dejado plantados. Nefasto día aquel que, con implacable amargura, pasaría a los anales de la historia.

Deterioradas bicicletas negras, motocicletas con sidecar, viejos y flamantes coches eran paulatinamente retirados, de vuelta a sus hogares. Más lentitud gastaban los équidos, seguramente el medio de locomoción más utilizado y popular. Caballos, mulos y burdéganos frecuentaban las calles, dejando por doquier sus huellas, sobre todo en fechas tan señaladas como Santa Lucía, cuando en solemne procesión, colas y cabezadas atadas, trotaban sobre los blancos campos, bajo el sol perezoso que empezaba a desperezarse del letargo otoñal. Jueves y domingos se daban cita en “Casa Paula” desde los primeros rayos del alba. Allí se hospedaban, con sus raciones de cebada al cuello, los más pudientes en la cuadra, los menos en el soportal, y pacientes esperaban a sus dueños, después de haber regateado, como mandan las ordenanzas, para adquirir la mercancía necesaria, esparcida a lo largo y ancho de amplias terrazas, construidas para salvar el desnivel existente en la “Plaza de la Constitución”, centro neurálgico y emporio comercial donde, fresco pecado de agallas granates, saltaba sobre los tenderetes de la Valeria, la más conocida pescadera de la comarca, en reñida competencia con el recién llegado de Ortiguera en enormes tinas que reposan con equilibrio armónico sobre las cabezas de salerosas ¡pixotas! en sensual contorneo, mientras anunciaban orgullosas los manjares marinos que portaban. Sus gritos se entremezclaban con los de fruteras y verduleras, de Miñagón y Serandinas, ahogando el lamento de gallos y gallinas de coloradas crestas, atados de pies y alas, que inútilmente reivindicaban su libertad. Mujeres venidas de las Brañas, ofrecían porciones de exquisito requesón, presentado en frías bandejas de berzas. Huevos blancos y morenos, expuestos en artesanos cestos de mimbre, cuando no en cajas de zapatos, forrados con papel de periódico rodeaban la pesada figura del Chilero, veterana institución de esta espectacular fiesta de colorido sin igual.

En las agradables noches de estío, el zoco se transformaba en platea de teatro con abigarrada escenografía y actores de exótico acento que representaban comedias de costumbres, al gusto del exquisito público que acudía con sus sillas plegables, para presenciar la obra por el módico precio de unas monedas, depositadas a voluntad, sobre ruidosas bandejas sacudidas incesantemente por exuberantes artistas entre dos actos.
De pinceladas impresionistas, en el más puro estilo goyesco, la lechera completa el cuadro costumbrista del momento. Leche recién ordeñada, procedente de San Estaban, Andés y La Colorada principalmente, era servida con presteza a domicilio. Alforjas repletas de musicales cántaras conformaban el ropaje de inteligentes asnos que a pesar de su mala fama, sabían de memoria todos los portales donde debían detenerse para aligerar la carga. Llegado el día de hacer efectivo el pago del líquido blanco, normalmente al mes o a la semana las cuentas nunca salían a la primera, siendo menester repasar una y otra vez la contabilidad hasta cuadrar los resultados. La operación era lenta, habitual la tardanza, y la avispada burra, experta conocedora de estos asuntos, se ponía en movimiento esperando paciente en la siguiente puerta. Ya estos animales en aquellos tiempos, eran fieles partidarios de los pagos al contado.

La agricultura y ganadería de la época, influenciadas por el espíritu autárquico conservaban vivos los métodos tradicionales, de lenta evolución. Los excedentes domésticos, afluían en mayor o menor medida al mercado, siendo el maíz y la patata los cultivos más extendidos y productivos. El escarabajo, principal amenaza de los tubérculos, ponían con su presencia en pie de guerra a los agricultores encolerizados por su precariedad, al que combatían con todas lar armas a su alcance para salvar la cosecha en la que habían puesto muchas esperanzas.
Batalla más desigual libraron los ejércitos de maizales, alineados en parada militar sobre la vega de Armental. Interminables hileras de plantas en posición marcial, con sus mazorcas al hombro fueron aniquiladas sin piedad en sangrienta lucha, por la destructiva maquinaria moderna de la industrial CEASA, que rompió, a la sazón, los esquemas fabriles imperantes en el momento: fábricas de harinas, de pastas, licores, curtidos y un sinfín de empresas semifamiliares que constituyen el viejo tejido industrial.

Navia camina de esta forma, decidida y sin complejos hacia una nueva era de modernidad y progreso, primero en lo económico, con empresas lácteas, de celulosa, astilleros, etc., posteriormente en lo político, con la aprobación de la Ley para la Reforma Política, proceso que termina con la promulgación de la Constitución de 1978, que trae consigo la implantación del Estado Social, Democrático y de Derecho, popularmente conocido como el Estado de Bienestar, lo que llevó aparejado un cambio radical en los social.

Así pues, no es arriesgado aventurar que para Navia, este siglo, nace y muere con la primavera. En su cuna se encuentra la conducción de agua potable, electrificación pública y privada, así como la puesta en funcionamiento de la red de alcantarillado y la construcción de la escollera, auténtico elixir causante del alargamiento vital de la Ría, cuyo pedraplén, se convierte en base logística de aguerridos pescadores. En su lecho de muerte, yacen las semillas de la profunda transformación socioeconómica imperante en la tierra de los Albiones.